La Maclovia De la Maclovia todos pretendían reírse, pero al mundo en que
ella vivía la burla no llegaba. (Del libro Cuentos de verdad y de mentira, Editorial Nueva Nicaragua, 1986) ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Su madre lo había dejado en la finca, abandonado a su desventura. Supuestamente bajo la protección de un tío lejano que jamás se preocupó por él. A sus nueve años, participaba en todos los oficios de la casa. Le obligaban a levantarse en la madrugada, con frío, y de inmediato iba a buscar terneros para el ordeño, o ayudaba a las mujeres a moler maíz en la máquina de moler y así preparar las tortillas del desayuno. Nunca protestó de nada, pues apenas insinuaba un gesto demostrando no agradarle algo, el coscorrón o el regaño no se hacían esperar. Su libertad la encontraba en la sumisión y su mayor deleite era respirar la amplitud de los potreros. Sus amistades más cercanas eran las de los animales. Lo conocían las gallinas, a quienes cuidaba cuando les daba de comer. Los perros lo seguían al monte y los caballos permitían que se les acercara sin demostrar inconformidades. El día, para él, siempre tenía ocupaciones y únicamente lo dejaban en paz cuando lo ignoraban. Entonces se permitía inventar juegos en los que su imaginación combinaba resultados fantásticos: podía volar, subir a un árbol y cruzarse las montañas de rama en rama como hacen los monos. Correr en caballos hechos de pedazos de viento y nubes. Amamantarse en las vacas convertido en ternerito pinto. Comer todas las frutas aunque no estuvieran en cosecha, y palos,
piedras, hojas, jícaros, sombras, animales adquirían dimensiones
revitalizadas que ya no pertenecían a este mundo. Se acostaba
temprano de la noche y se dormía apenas cerraba los ojos. Cuando algo, en el corral o en la cocina, no quedaba bien hecho, por algún descuido o negligencia de los otros chicos, como decir un ternero que se soltaba de su amarradero o un plato sucio lamido por un perro, la culpa caía, indefectiblemente, sobre Alejandro. Su nombre era comodín para todos los menesteres. "Aquí —decía una mujer—, abríme este costal." "Andá dale agua a ese caballo" —ordenaba un hombre. Y así todo el día, aquí, allá, acullá; sin faltar nunca los vení, andá, volvé. Junto con los calificativos de haragán, pendejo, idiota. Esa mañana estaba ayudando en el corral, porteando terneros. Ya conocía su obligación; primero, que solamente entraran los más pequeños y cuyas madres estuvieran esperando adentro. Tenía que lidiar con los terneros matacanes a quienes hacía retroceder golpeándoles la frente con un palo; pero estos a veces eran indetenibles y adelantándose a los pequeños, con maña y fuerza, lograban penetrar en busca de sus madres. Se pegaban a la ubre y había que enrejarlos con prontitud, pues chupaban las tetas ávidamente y en pocos minutos dejaban las ubres exhaustas. En uno de estos descuidos incontrolables, lograron entrar cuatro terneros a un mismo tiempo y en esos momentos únicamente atendían el ordeño el patrón y un ayudante. Había que actuar con rapidez, antes que nada enrejar a los dos más grandes y simultáneamente a los pequeños. El patrón, muy encolerizado por el descuido de Alejandro y como castigo, le ordenó que enrejara uno de los más indómitos. El resultado fue dramático. El niño nunca logró dominar las fuerzas y las mañas del ternero. El patrón gritaba sus insultos y esto lo aturdía más. El ternero mamaba a un lado de la vaca y, cuando Alejandro hacía esfuerzos para dominarlo, se escapaba y chupaba por el lado contrario. El patrón estaba exasperado y el otro ordeñador no podía prestarle ayuda porque se afanaba en atender las vacas restantes y en evitar que entraran más terneros. El patrón, enceguecido por la cólera, tomó la decisión terrible, enrejar al niño a la pata de la vaca para que su descuido tuviera represalia y adquiriera experiencia en su trabajo. El niño lloraba y la vaca, asustada, empezó a arrastrarlo por el corral. Los gritos de Alejandro aumentaron a causa del miedo y la desesperación y cuando el ayudante quiso acercarse a la vaca para soltar al niño, esto se hizo imposible porque el animal estaba muy arisco y no permitía la presencia de nadie. Los lamentos y los gritos del niño eran conmovedores. La vaca, incontenible, logró saltar una puerta mal cerrada, arrastrando a su víctima entre piedras y matorrales. El niño ya no gritaba. Después encontrarían pedazos de carne, intestinos, un bracito, esparcidos en el potrero. Lo último que recogieron fue una hilacha de su pantalón azul, ensangrentada, y el sómbrenlo, que quedó intacto junto a la puerta del corral. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- OCTAVIO ROBLETO Poeta, cuentista y teatrista, su escritura goza de autenticidad festiva y celebradora, nutrida del ritmo de sus vivencias cotidianas inmediatas nicaragüenses o de su Chontales nativo, tratada literariamente con un lenguaje coloquial sin excluir la expresión culta. Ganador del Premio “Rubén Darío” de poesía, en 1958.
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